Es triste que el motivo para hablar de un gran escritor cántabro, que estuvo trabajando en 1916 como mozo de botica en esta villa pejina, sea el abandono absoluto del monumento erigido en su momento, desafortunada la ubicación elegida en su momento en una esquina de la alameda que lleva el nombre del insigne escritor. Pintadas y trozos de piedras en su entorno afean el conjunto. Algo similar ocurre con la estatua erigida en las proximidades del mercado de abastos en recuerdo del brigadier Diego del Barco, quien inició con sus tropas el ataque a los franceses sitiados en el fuerte de La Rochela durante la guerra de la Independencia. Abandono absoluto.
Hoy hablamos de Llano, de quien el Centro de Estudios Montañeses, con motivo de cumplirse el octogésimo aniversario del fallecimiento del escritor Manuel Llano el 1 de enero de 2018, generó una página en la que se proyecta una sucinta biografía del poeta de Cantabria, así como las principales publicaciones aparecidas sobre él y su obra, se colgarán sus obras y se irá informando de las actividades que con motivo de dicha efeméride se convoquen.
Manuel Llano es autor, a pesar de su temprana muerte, de una obra literaria en la que se combinan el canto a las tradiciones de la Cantabria interior, la investigación folklórica y etnográfica, el reportaje periodístico, la reseña literaria y la crónica de sociedad. Una obra en la que destacan dos característica: la riqueza de lenguaje de una prosa lírica ensalzada, entre otros, por Miguel de Unamuno, que prologó su Retablo infantil, y por Gerardo Diego, que puso el epílogo a Dolor de tierra verde y dedicó su última lección como catedrático a la vida y obra del escritor cabuérnigo; con la presencia de personajes desamparados, víctimas del prójimo, enfermos, ancianos o discapacitados.
Del autor y de su obra dejó escrito don Miguel de Unamuno en el prólogo a Retablo infantil: “José María de Cossío… me hizo leer Brañaflor y La Braña y quedé, no prendado, sino prendido de esa obra. Y luego del autor, al conocerle y al mejer mi mirada con la mirada de Llano. Hacía tiempo que no había recibido yo una tan honda y entrañada impresión de un joven. ¿Joven?, no; mejor será decir de un niño, fuere cual fuese su edad. Un niño más que maduro por experiencia de vida.”… y más adelante “en la obra como en el espíritu de Llano respiré siglos quietos de una niñez antigua, de antigüedad niña. De una niñez montañesa, mítica y trágica, amasada con entrañas de montaña”.
Semblanza de Llano
Manuel Llano Merino nació en el pueblo cabuérnigo de Sopeña el 23 de enero de 1898, hijo de un matrimonio de campesinos, su infancia transcurrió entre Carmona y Sopeña donde se aficionó a la lectura en la biblioteca de su madrina Teresa, hermana del escritor Delfín Fernández González. Allí compartió la asistencia a la escuela con el trabajo de sarruján o ayudante de pastor y ayudando a su padre ciego como lazarillo, enfermedad que obligó a la familia a trasladarse a Santander donde pasará la mayor parte de la vida de Llano.
En Santander se matriculó en Magisterio y en Náutica, pero las dificultades económicas familiares le impidieron llevar a buen fin esos estudios, a pesar de los cual, en 1918 fue contratado como maestro municipal de escuela en Helguera de Reocín, en la que estuvo dos años.
En 1920 aparecen sus primeras colaboraciones en El Diario Montañés, y a partir del año siguiente comienzan a hacerlo habitualmente en el diario El Pueblo Cántabro, donde tres años después era corrector y redactor, pero el periódico desapareció en 1927 para fusionarse con La Atalaya y dar a luz un nuevo diario, La Voz de Cantabria. A finales del mismo año comienza a colaborar en La Región, en el que llegará a ser jefe de redacción en 1928. Este mismo año gana el concurso sobre folklore montañés convocado por la sección de literatura del Ateneo de Santander, con una obra titulada “Tablanca”, que publicó en el Boletín de la Biblioteca de Menéndez Pelayo en 1929 con el título de “Mitos y Leyendas Populares recogidos de la tradición oral”.
Preside durante un tiempo el Ateneo Popular de Santander y es asiduo a las tertulias de la Biblioteca de Menéndez Pelayo y del Ateneo de Santander, donde hace amistad con Miguel Artigas, Víctor de la Serna, Elías Ortiz de la Torre, José María Quintanilla, Luis de Escalante o José María de Cossío que le presenta a Miguel de Unamuno.
En 1929 publica El Sol de los Muertos, que contiene una serie de relatos que habían aparecido con anterioridad en La Región, un libro del que se hicieron dos ediciones el mismo año. En 1931, publica Brañaflor, con prólogo de Artigas y en el Boletín de la Biblioteca de Menéndez Pelayo «Las Anjanas».
Desde septiembre de 1929 colabora en La Voz de Cantabria y en 1931 pasa a El Cantábrico, donde también trabaja como corrector. En 1932 aparece Campesinos en la Ciudad, prologado por Víctor de la Serna, y en 1934 aparecen dos nuevas obras suyas, Rabel y La Braña. Al año siguiente su amigo y maestro Miguel de Unamuno prologa un nuevo libro, Retablo Infantil.
Durante la Guerra Civil sus temas tradicionales pierden espacio ante cuestiones más sociales, que se incorporan a un nuevo libro Monteazor, publicado en 1937 y escribe Dolor de tierra verde, que sería publicado póstumamente por la revista Proel. Tras la caída de Santander el nuevo régimen funda el diario Alerta al que Llano se incorpora como corrector.
Manuel Llano falleció en la las primeras horas del día de Año Nuevo de 1938 de un infarto, tres semanas antes de cumplir los cuarenta años, y en plena madurez creadora.
Pues, a pesar de todo ello, el monumento erigido en su recuerdo está abandonado, como también los signos de identidad de un pueblo, porque Llano vivió un tiempo en Laredo y tiene que ser un referente también para los laredanos. Y los árboles sin hojas, a menos de un mes de la primavera.